La niña sisa las vueltas a la abuela cuando va a comprar el
pan. Los niños se chivan a la profa. Maruja se cuela en la parada de la fruta y
el desempleado en el metro. Los jubilados desde su banco miran con lascivia el
pliegue de las faldas de las chiquillas mientras mantienen en blanco sus
conversaciones. Las abuelas se hacen trampas al bingo disputándose una
estampilla del santo del día. El cívico amigo de los animales olvida recoger el
regalito de su buldog en medio de la vía pública si ningún vecino lo vigila. La
mujer de la limpieza distrae material escolar para sus chiquillos, cuando el
empleado de la empresa entretiene su tiempo llamando a cuenta de la empresa a
su cuñada de Lugo o chateando por Facebook con una aburrida ama de casa a quien
ya no le enciende su marido. El presidente de la comunidad de vecinos se
embolsa el 5% de las obras de rehabilitación del terrado si se lo encarga a un
conocido del bar especialista en hacer obras sin permiso del ayuntamiento. El
reputado profesor de derecho romano circula a Virtudes menudas de una inteligencia práctica imprescindible para atravesar esta espesa jungla nacional. Todos coinciden en el uso de una doble vara de medir: exigiendo a los demás el cumplimiento estricto de las normas, sacando el provecho de los márgenes de la legalidad en beneficio propio.
No debe extrañar que en este saco de pulgas se mire mal a la manzana sana y se elogie la astucia del que saca más provecho del bolsillo ajeno.
No debe sorprendernos que cuando la tentación es más grande nuestra habilidad nos permita un mayor virtuosismo: Pagar a nuestros empleados sin contrato al menos una parte en negro. Importar piezas de contrabando que se saltan los controles de calidad. Ir al jefe con el cuento. Cobrar por asesorar a la empresa sobre eres y erre que erre. Publicitar productos que no sirven para nada pero que se vuelven imprescindibles. Imponer a los pubescentes modelos anoréxicos, sexo mecánico y autoestima por debajo de cero en la programación infantil. Introducir productos que producen cáncer, diabetes o soriasis. Comercializar productos que dicen que combaten el cáncer, la diabetes o la soriasis sin resultado clínico probado. Colocar preferentes a abuelitos confiados o con las facultades plenamente mermadas. Enchufar a la prima sin riesgo como asesora en el ayuntamiento sin títulos ni presentaciones. Pagar nuestros vicios privados con fondos públicos. Mentir para beneficiar el negocio de un amigo que nos devolverá un favor. Prevaricar o indultar para garantizarnos una jubilación dorada. Importar armas a países en conflicto bajo el eufemismo de ayuda al desarrollo. Mirar en dirección contraria ante la trata de blancas. Encarecer la educación a los chicos de los barrios obreros, no vaya a ser que uno pueda sobrevivir a un hogar desestructurado y convertirse en un genio. Malbaratar el ecosistema y la biodiversidad a cambio del amarre de un yate. Especular con las reservas de alimentos produciendo hambrunas criminales. Invertir el principio de robin hood y, siguiendo los criterios de los expertos económicos, expoliar a los pobres para engordar la gota de los ricos. Cambiar la substancia de la democracia hasta hacer que parezca un cercado para ovejas. Y algunas cosas que no soy capaz de describir y otras que ni me atrevo a imaginar.
Menudas virtudes de las inteligencias más prácticas de las alimañas que mejor se desenvuelven en esta espesa jungla nacional donde quieren hacer pervivir el derecho natural donde prevalece sino el más fuerte el menos remilgado.
No debe extrañar que en este saco de pulgas se mire mal a la manzana sana y se elogie la astucia del que saca más provecho del bolsillo ajeno. Total, todos coinciden en el uso de una doble vara de medir: exigiendo a los demás el cumplimiento estricto de las normas, sacando el provecho de los márgenes de la legalidad en beneficio propio.