sábado, 19 de abril de 2008

Esperando a Viernes

De nuevo, naufrago. Retorno extenuado a mi isla desierta e indómita, de la que nunca logro escapar. Agua salada, arena y salvaje vegetación donde resguardarme del temporal. Trabajar con las manos desnudas para levantar un nuevo refugio, una guarida, un hogar. Aprender a encender, de la nada, el fuego suficiente para entrar en calor. Hablar sólo, con uno mismo, intentando no volverme loco, una vez más. En débil equilibrio sobre la cuerda floja, mantenerse cuerdo.
Vacío en mi isla vacía. Sólo entre tanta gente. Pez pequeño a contracorriente en medio del cardumen. Mojado siempre hasta los huesos. Rodeado de agua por todos los lados, en medio de los flujos de los que vienen, de los que van, de los que vuelven...
Cuando broten las ganas, volveré a otear el horizonte. Descubriré el paso lejano de los mercantes, de las naves piratas, de los ensueños flotantes. Haré señales de humo, quemaré toda mi leña, me desgañitaré, cuando valga la pena.
Mientras tanto, como quizás recuerdes, en las islas desiertas el tiempo sobra. Yo entretengo mis horas trabajando en cosas inútiles: me cuento historias sin sentido, construyo teorías filosóficas que no aclaran nada, relleno de plumas mi blog, le hablo con complicidad y natural intimidad a un balón de baloncesto pinchado en un palo.
Pero del naufragio, sólo me salva la fe que te tengo, Viernes; pues sé que, más tarde o más temprano, aparecerás de la nada, como un paracaidista, para devolverme las palabras, para redibujarme en tu mirada, para recuperar mi cuerpo, para salvar mis sueños y transformarlos en gotas de rocío. Por eso espero tranquilo.

domingo, 13 de abril de 2008

Tiempos modernos

La Postmodernidad ha heredado y elevado a la máxima potencia la glorificación del trabajo, hasta transformarnos en una sociedad del trabajo. Hasta el punto que el significado de la propia palabra trabajo como castigo divino, cuyo origen siempre había estado relacionado con penas y fatigas casi insoportables, con esfuerzo y dolor y, en consecuencia, con una deformación del cuerpo humano, ha empezado a perderse para nosotros, hasta transformarse en el centro de nuestra realización como personas: somos trabajadores para poder ser consumidores.
El trabajo algo indispensable para mantener la vida, se convierte, por arte de birlibirloque, en el centro de la vida misma. El castigo divino, se convierte en lo divino, por sí mismo.
La paradoja se hace más patente cuando el trabajo conquista el centro del escenario en una sociedad de trabajadores que está a punto tecnológicamente de ser liberada de las penas que éste impone. En este punto, los humanos olvidan, de repente, todas las otras actividades más elevadas y significativas por cuyas causas merecería separarse del trabajo y ganarse esa libertad (perder el tiempo, hablar con los amigos, crear solidaridades nuevas, comer, vivir, amar...)
Quizás el hecho de que cada vez haya menos trabajo necesario, hace crecer el miedo entre los hombres entrenados a ser valorados en función de su trabajo. Hombres que se enfrentan con la perspectiva de una sociedad de trabajadores sin trabajo, es decir, sin la única actividad que saben hacer y doméstica su tiempo. Está claro que nada podría ser peor.
El deseo tanto tiempo anhelado, liberarnos del castigo injustamente impuesto, al igual que sucede en los cuentos de hadas, llega en el peor momento, cuando todos en el reino han olvidado que hacer cuando no se tiene que trabajar. Así que cobardes, como somos, nos inventamos trabajos que no necesitamos antes de enfrentarnos a una libertad para la que no estamos preparados, antes de aprender a no trabajar.
Imposible sin La condición humana de Hannah Arendt

sábado, 5 de abril de 2008

El amor como lengua extranjera

En el amor/desamor uno nunca comprende nada, siempre es sorprendido, secuestrado y abandonado en un nuevo territorio, en un país extranjero, donde lo que hasta ese momento era asumido como cierto, ya no sirve de nada. Aunque la experiencia es un grado, y experimento tras experimento, el caminante va armándose un pequeño diccionario útil de frases hechas que le permite, en alguna ocasión, salir del paso; y prever que si ocurre A es muy probable que suceda A’. ¿Cómo hacer comprender al otro lo que pensamos, como traducirle lo que sentimos?, si incapaces somos de entender lo propio. Nos quedamos mudos o nos brotan miles de palabras que no logran comunicar nada. Se utilizan en exceso las mismas palabras manidas, que de tanto uso quedaron vacías, o sé tiene un miedo excesivo a utilizarlas.
Pero el rapto del amor nos lleva siempre a un territorio extranjero, del que nada conocemos. Y al principio todos son verbos irregulares, excepciones a la arregla, problemas con los acentos y dificultades en la pronunciación. No hay libros de instrucciones, ni diccionarios fiables que nos permitan interpretar las señales e, incluso, los cuerpos no reaccionan como esperábamos ante nuestros dedos que tan magistralmente ejecutaban otras melodías sobre distintos instrumentos. Sólo nos salva el asombro, las inmensas ganas de entenderle.
Nuestros ojos se abren como platos, se tensan nuestros reflejos y todas y cada una de nuestras células son reacción, movidos por el anhelo de satisfacer al otro antes de que nada nos exija.
Naturalmente erramos. Pero los transeúntes humildes, pedimos consejo y traducción, y aspiramos a que nuestras evidentes ansías por aprender el nuevo idioma, sean suficiente mérito para obtener los derechos de ciudadanía en el nuevo territorio habitado: ser aceptado como nativo en su cuerpo.

martes, 1 de abril de 2008

Violín sin funda, de Luis Pastor

Se tambalea mi edificio
Mi ánimo se derrumba
Mi mente pierde el equilibrio
Y mi violín su funda

Una cárcel invisible me aprisiona
Se moja la llama que me alumbra
Una idea taladra el pensamiento
Me hundo en la penumbra

Tus besos me devuelven a la vida
Tus brazos de la vida me protegen
Tus ojos mis ojos iluminan
Tu cuerpo me rescata de la muerte
Extraido de Diario de a bordo

jueves, 27 de marzo de 2008

Elogio del fracaso, Toni

Seamos francos: una vida cómoda y regalada no forja el carácter; en este mundo, sólo se aprende de las derrotas y los fracasos. Y, como yo, desde pequeño, no he parado de perder y equivocarme, tengo que ser, a la fuerza, inteligente.
Mi trayectoria empieza en la infancia: De niño, perdía jugando a las canicas, a la comba, al escondite, al futbol e, incluso, jugando a los médicos me tocaba parar. Piense que es en la infancia cuando se forja el carácter.
En casa se jugaba al ajedrez y, como soy el benjamín, por lástima, me dejaban jugar pero perdía siempre. No por ello tiré nunca la toalla, aprendí de cada una de las partidas perdidas y cuando crecí, gane una primera vez, una segunda vez e, incluso, una tercera vez, luego ya no quise volver a jugar, porque comprendí que no había nada más que aprender. Reconozca que soy un hombre ambicioso en continua busqueda de nuevos retos.
En la adolescencia, jugué en un equipo de baloncesto, era el más joven y el más bajito, jugaba poco, calentaba banquillo, pero me divertía mucho. Mi capacidad de sacrificio solo me permitió destacar en defensa, los aplausos, cuando los habían, se los llevaban otros. Puede usted apreciar que me divierte trabajar en equipo y no me molestan las tareas grises, soy un hombre de empresa.
Ya en la edad adulta, me enfrenté al mercado laboral, donde he acumulado una trayectoria larga y rica llena de fracasos. He desarrollado múltiples y diferentes cometidos, desde camarero a arbitro de fútbol. Debe usted reconocer mi capacidad de adaptación, mi versatilidad y como puedo aportar, más que ningún otro, una visión multidisciplinar.
Como hombre, cuando intento seducir, me dan calabazas en un 99,9% de los casos, pero este porcentaje no me ha desanimado, todo lo contrario, lo intento más y pruebo nuevas tácticas de aproximación. Lo que demuestra que me crezco ante las adversidades, que soy imaginativo y poseo inagotables recursos para enfrentarme a los problemas.
Todas mis relaciones de pareja, y dicen que ya son muchas, han fracasado, pero yo no he tirado la toalla y sigo intentándolo, sé que alguna vez hallaré a mi media naranja. Advierta que soy una persona tenaz y de férrea voluntad, a la que no le asustan los imposibles.
En resumidas cuentas, todo es del color del cristal con que se mira. Si le he convencido de lo anterior es que también tengo claras dotes comerciales. Yo de usted no me lo pensaría y me contrataría sin dudarlo y con un buen salario, tipos que hayan aprendido tanto como yo y sonrían hay pocos (y no garantizamos el éxito).

Ilustración de Brian Despain

domingo, 23 de marzo de 2008

Jugar, de Unai Elorriaga


Recordó de un solo golpe esas dos obligaciones, y se angustió un poco, porque eso le retrasaría los trabajos de la tarde. Se angustió porque no le iba a dar tiempo para hacer las cosas que realmente quería hacer. Aparte de trabajar. Y sería una catástrofe, por ejemplo, que acabase los trabajos de la tarde –las transcripciones y lo demás- a las nueve de la noche: ya no le quedaría tiempo más que para cenar y para irse a la cama. Y, aunque tanto cenar como irse a la cama sean cuestiones importantes, Matías quería hacer cosas mucho más valiosas. Quería, por ejemplo, jugar con la pelota de goma, utilizar el diccionario de portugués, leer a Faulkner o llamar a su hermano Miguel. De hecho, todas esas eran maneras diferentes de jugar. Y jugar era lo que realmente quería hacer Matías; pasar la mayor parte del tiempo jugando.
Extraido de: Unai Elorriaga, El pelo de Van’t Of

viernes, 21 de marzo de 2008

En tránsito

Sí, marchó. Pero no me dejó sólo, en casa quedó su ausencia; en mi piel, su recuerdo. Con el tiempo, el olvido tapó sus defectos, el ensueño sacó brillo a sus virtudes. Nunca hubiese creído que desprenderme de tí fuese tan tremendamente difícil. Ahora que no me dañas, cómo no amarte. Porque ella no iba a volver, le negué el pan y el agua a la esperanza. Anduve cabizbajo por todo lo que había perdido cuando estuve así de cerca de tenerlo. Triste hasta el hartazgo, tuve que gritarme: !Basta¡ Entonces, huido del pasado, caí preso de un futuro que no terminaba de llegar. Nervioso, inquieto por encontrar en algún otro sitio el único pan que me sacia. Tarde, aprendí a ser paciente. Tú no estás y te echo en falta. No estoy lleno, pero dejo todas las puertas abiertas. No soy feliz, pero no me hace infeliz no serlo. No busco nada, me entretengo con lo que tengo y sólo espero que el futuro me sorprenda despistado, jugando.