lunes, 15 de septiembre de 2008

Carmilla

Luna llena. Nuevamente impones tu presencia en mitad de la noche, sin avisar. No recuerdo cuando obtuviste mi llave. Debes entrar violentando alguna de mis ventanas. Sin mediar palabra, te cuelas en mi lecho, destierras mis sueños y exiges su trono. Tu hipnótica mirada expresa claramente tus deseos. No hace falta mediar palabra. Sé claramente lo que te has venido a llevar. Mi voluntad quebrada te obedece. Mi cuerpo responde a tus órdenes. Sé que desprecias mis virtudes, que vienes exigiendo lo peor que hay en mi. Sé que si intento ser dulce me despreciarás y harás que me desprecie. Sé que si me resisto igual me arrancarás lo que me has hecho creer que es tuyo. No sé definir los sonidos que nublan mis oídos y me hacen correr hacia el abismo: si gimes o si gruñes, si jadeas o me gritas. No comprendo tu idioma arcano, pero obedezco todas tus instrucciones. Sé que no tienes suficiente con mis buenos pasos y ciego te sigo por el camino oscuro. Te deleitas en las cosas que a las demás mujeres repugnan. Conozco tu cuerpo. Sin querer, infrinjo dolor a otro ser. Me conduces por la vereda de la parte de atrás. Me has dejado claro el elevado precio del umbral de placer que sólo tú me ofreces cruzar. Tu pasión lacera mi piel. Mis manos se crispan antes de morir exhausto. La esencia de mi ser mancha tu sonrisa. Aún no te has saciado. La guerra no ha terminado. Quizás hoy no, pero nuevamente sangraran las heridas que me infliges.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Tiempo galápago

Leo en El periódico la insólita historia de “George el Solitario”, la única tortuga que resta en este mundo de la subespecie Geochelone nigra abingdonii, y de su despertar a los placeres de la carne. George fue obligado por sus cuidadores a convivir con dos atractivas hembras de la especie más próxima desde 1993 con la finalidad científica de perpetuar, en la medida de lo posible, su especie. Pero George un ejemplar maduro de 105 años, no colaboraba, o no tenía prisa, o sabía muy bien lo que quería, y a pesar de que nadie sabe cuanto tiempo vagaba sólo, sin pareja, por su islote, no renunciaba a sus sueños, no se refugiaba en sucedáneos. El Solitario ha sido un macho difícil de enamorar o difícil de vencer. Y, optimista, ha tardado 15 años en asumir la derrota: nunca iba a volver su amada, o la imagen de su amada y ha empezado a dejarse querer. 16 huevos se han encontrado fruto de sus encuentros promiscuos con las jóvenes hembras con las que comparte departamento esta semana. Todos los científicos son felices, creen poder recuperar la especie. Pero la mirada del galápago continua triste, sabe que al despertar, después del fragor de la pasión, le asalta la melancolía de la que no puede escapar, pues, como yo, las tortugas se mueven lento ¿Cuánto tiempo aguanta un humano los envites de las jóvenes en ausencia de la amada? Llámame George.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Sobrevuélame

Tu cometa ya había sobrevolado mi cielo con anterioridad. Pero no pude verte, estaba nublado. Yo estaba nublado. Ahora, con cadencia matemática, retornas sobre mi cielo nítido. Me prendo de tu cola. Me coges de tu mano. Te sigo. Alrededor de la cena, cuentas de la primera vez que nos vimos. Y me sorprende la nitidez de tu recuerdo. ¿Cómo puedes acordarte de lo que dije? Sonríes. Te sonrojas. Es evidente. Has pensado en ello más de lo aconsejado. Yo ya no soy el mismo –te advierto- todo a mi alrededor ha cambiado. Niegas con la cabeza. “Déjame que te busque la diferencias” me dices mientras apresas mis manos sobre la mesa. Muerdes las puntas de mis diez dedos y antes que me pueda dar cuenta, me arrastras calle abajo, me muestras el vuelo de tu falda y yo a él me engarzo. A la vuelta de una esquina, abres una puerta con una llave y me encierras. No sé más nada. Pasa el tiempo. Vuelo entre el polvo estelar de la cola de tu cometa, veo bajo mis pies todos los planetas. Y cuando despierto lo único que veo es tu espalda desapareciendo en el control de pasaportes del aeropuerto y yo con la boca abierta, haciendo cuentas con los dedos, intentando descifrar la ecuación que estima tu frecuencia de paso por mi espacio aéreo.

viernes, 5 de septiembre de 2008

La paralisis ante la abundancia

Quizás sean mis orígenes humildes o mi cadencia por lo sencillo o mi falta de hábito, pero lo cierto es que la sobreabundancia me paraliza: Detesto los grandes almacenes saturados de productos, reclamos y consumidores ávidos. Me pierdo en las cartas sin fin de algunos restaurantes y busco la calidez de aquellos otros que sólo nos dan a elegir entre tres platos bien cuidados. Pierdo el apetito caprichoso ante filas inacabables de diferentes galletas que no se diferencian en nada. El exceso de oferta me apabulla. Necesito más intimidad. Aislarme ante la tentación. Temo que no podré conocerte en medio de las fiestas, cuando todo el mundo reclama mi atención y todas las chicas me sonrien. Llévame pues a un rincón, aíslame de tanto ruido, clávame en el suelo y cuéntame despacio tu receta, pues yo nunca tengo prisa.
Fotografía: Domingo + AnaElenaPena

sábado, 30 de agosto de 2008

El dilema del picaflor

A menudo he sido acusado de un exceso de interés por las mujeres: “Toni, te gustan demasiado las mujeres” ¿Cómo me pueden gustar más de la cuenta?
No me gustan todas las mujeres.
No me gustan todas las mujeres a la vez.
Naturalmente me gustan más de una en cada momento. Aunque renuncio a conocer a muchas al mismo tiempo, porque como me gustan tanto, sólo una ya entretiene todo mi interés.
Y no imagino como a esta afición ponerle freno, ni como ponerle puertas al campo.
Es cierto que entre las desconocidas que se cruzan conmigo sobre la vía pública el número es elevado. No sólo porque la ciudad sea densa y bien surtida de fascinantes hembras de belleza tan rotunda que a su paso tuercen el cuello a todo hombre aún vivo. No porque mi juicio sea en exceso benévolo, sino porque mi sensibilidad bien entrenada también reconoce, recoge y suma todas las humildes bellezas erguidas sobre detalles pequeños, ligeras líneas o tímidas sonrisas que acaudalan mujeres cualquiera.
En las distancias más cortas, mantenerme convencido de sus bellezas es más complicado. En el tete a tete, el físico se devalúa y pierde importancia. El atractivo se compone de miles de caleidoscópicos y contradictorios matices. A mi me gustan descaradas, temerarias, delirantes, lúdicas, retadoras, combativas, pizpiretas, habladoras, intensas, profundas, soñadoras o pragmáticas...
Aún así es cierto que me faltan dedos para contar todas las que me gustan. Lo reconozco, soy culpable: un polígamo imaginario. Pero, mientras deambulo solo, sólo pienso en ti y me estremezco, pienso en ella y me despisto, me recuerdo de la otra y me deleito; pues libre soy de caminar en círculos, de ir de aquí para allá, sin avanzar un metro, siguiendo la malfamada estrategia del picaflor: libando de todas las flores abiertas, sobrevolando, extasiado, la belleza.
Y, cuando me deslumbre tu sonrisa, acabaré, como la polilla, atrapado por tu luz, con mis alas chamuscadas, enamorado y casi ciego aplastado contra tus brazos.

jueves, 21 de agosto de 2008

Firme opinión

Toda la vida que queda me la pasaré buscando una razón para ser como soy: cabecita melón, oído zapato, siempre estropeando esta canción.
Toda la vida que resta estaré buceando a libre pulmón por lo profundo de mi mente, muchos peces, alguna sardina, plena introspección.
Toda la vida que queda perseguiré mi modesta visión de la perfección, mi utopía chiquita, mi cómoda morada: Viva la revolución.
Toda la vida que resta echaré más leña al fuego de la ciega pasión, viva la combustión, y cuando no arda la llama, por defecto, un buen revolcón.
Toda la vida que queda me dejaré fluir, zen de salón, que me arrastren las olas, que me lleve el viento, como a una veleta que señala siempre la misma dirección.
Toda la vida que resta, mantendré está posición. Toda la vida que queda, pensaré lo mismo, con igual tesón. Toda la vida que resta, inquebrantable, sin rendición. Y a partir de mañana, quizás, una nueva opinión.

lunes, 18 de agosto de 2008

Welcome Home

Fin de trayecto. Regreso a casa con los ojos verdes, azules y grises. Bosques nórdicos, cielos azules, asfalto gris. Mojado hasta los huesos. Las piernas castigadas. Satisfecho de haber alimentado a la mitad de los mosquitos de Finlandia. Renos que casi se pueden tocar con las manos, el círculo polar ártico y toda el agua de los 1.000 lagos. Satisfecho del esfuerzo. Asombrado de los recursos que guardaba, sin saberlo, en el armario. Las rodillas aún temblando. Feliz y cansado. Ya no son nada los cientos de kilómetros recorridos. Todos caben en mis recuerdos. Descansa mi bicicleta con las ruedas deshinchadas. Duermo todo el cansancio. Pero ya sueño... con volver a llevar el viento a la espalda, con atravesar lentamente otro lugar remoto.