lunes, 9 de marzo de 2009

Reducir impulsos

Demasiados ruidos, innumerables impactos visuales por minuto, exceso de olores y fragancias, texturas de más, muchísimos sabores y matices. Cada segundo más y más. Cada día una nueva necesidad que hasta hace 5 segundos no sabías que tenías, pero que ahora te urge cubrir. Nada sacia nuestra sed. Todo nos aburre o es aburrido. Lo perseguido, lo tanto tiempo anhelado, sólo brilla 15 minutos cuando está en nuestras manos, pues su luz muere eclipsada por algo nuevo que aún no podemos tener. ¿Cómo concentrarse ante tanto reclamo? ¿Cómo saber que querer ante tanto oferta y cambio? ¿Qué es lo bueno? Y más importante: ¿qué será lo bueno mañana?
Ante este mundo cambiante, todos padecemos un alarmante Déficit de Atención. Imposible concentrarnos en lo esencial, cuando sólo capta nuestra atención los estímulos más amplificados.
Si quiero captar tu atención necesito gritar en el volumen de la publicidad de la televisión, parpadear luces multicolores como las tragaperras, mezclar channel con cocaína y don perignon.
Colapso. No veo nada, no oigo nada, no siento nada porque mi cerebro se encoge, porque mis sentidos se repliegan para no morir sobreexcitados. Y, en un intento por sobrevivir, cerceno mis dotes animales: renuncio a ver sin mirar, a mi visión periférica, a oír sin escuchar, a los sonidos secundarios. Descarto una información tras otra, el tacto de las hojas, el sabor del bolígrafo que mordisqueo, el aroma del sudor que arranco de tu piel.
Pero me esfuerzo y descarto sus gritos. Dejo atrás la hiperactividad y me aferro a la lentitud. Intentó simplificar mi horizonte, prescindir de lo indispensable. Limpiar el ambiente. Porque aunque aún no la huelo, tengo noticia cierta de que se aproxima la primavera y quiero poder apreciar el leve tono de la luz que abra la primera flor efímera de mi ventana. Sólo lo importante.

miércoles, 4 de marzo de 2009

La felicidad que nace de las dificultades

Nosotros, los que siempre hemos sabido driblar las adversidades con el balón pegado al pie, los que siempre superamos las zancadillas con que nos intenta derribar la realidad, silbamos. Nosotros, los que disfrutamos de esa elegancia natural para no mancharnos en medio de la que está cayendo, cantamos. Nosotros, los que fuimos tocados con ese don de dios, con ese juego de pies que nos permite esquivar uno tras otro los golpes que la vida nos lanza de crouchet o de revés, bailamos. Somos conscientes de nuestra suerte. Somos felices casi por obligación. Y allá donde vamos nuestra ingenua mirada nos delata. Porque hemos aprendido menos, porque hemos degustado poca vida y poca muerte. De modo que nuestro paladar no puede apreciar en su totalidad el dulce sabor de la tranquilidad o el sabroso regusto de la normalidad.
A nosotros nos cuentan que es la felicidad que nace tras superar la adversidad la que brilla más intensamente. Pero nosotros no hemos estado en la guerra, ni bajo el fuego cruzado de las penalidades, ni atravesado el desierto de la desesperación, ni mirado directamente a los ojos a la locura, ni hemos sido abrasados en lo más profundo de cualquier infierno, ni nuestros tobillos han sido destrozados por las trampas con que estan sembrados los oscuros barrios. Nosotros hemos tenido suerte. Nosotros que no sabemos del dolor intenso, no podemos apreciar intensamente lo que tenemos, y aún así cantamos.
Nosotros no envidiamos a los sobrevivientes, pero os respetamos profundamente, porque desde los escombros os volvéis a crear, porque renacéis más sabios de vuestras cenizas. Y sobre todo porque vosotros veis la felicidad desde donde nosotros aún no podemos mirar. Por eso junto a vosotros callamos, dispuestos a escucharos con suma atención, porque vuestro relato es sabroso para nosotros, porque nos podéis dar noticias de allí donde jamás hemos estado, contar de lo que nunca hemos aprendido. Prueba de una resistencia que sólo vuestra existencia nos permite creer. Por favor, contadnos. Contadnos de vuestras remotas derrotas y de vuestras recientes victorias.

domingo, 1 de marzo de 2009

El variable ritmo de la juventud

Chaval, no en todos los sitios existe la adolescencia. En este árido no tenemos juventud. En ese desierto no se valora nada ser joven. En estas junglas, ser joven es una enfermedad que se cura con el tiempo. En aquellos suburbios ser joven, ser bello es un riesgo porque anhelan nuestros cuerpos.
Nuestros viejos no quieren parecer jóvenes e inexpertos como los vuestros, muestran orgullosos sus canas, porque sus arrugan proclaman su victoria sobre el tiempo y sus espaldas plateadas evidencian que han sabido llegar, que han sobrevivido y que sin duda sus genes son los más fuertes.
En los países subdesarrollados donde tantos habitamos somos viejos más jóvenes, a una edad mucho más prematura. La desnutrición de nuestras madres durante nuestra gestación, el hambre padecida durante nuestra niñez nos restaran años al final de nuestras cortas vidas, y ya ahora nos hace parecer mucho más viejos de lo que vosotros os pensaríais. Pero también los cuidados médicos que nunca podremos pagar acortan nuestra esperanza... de vida.
Aquí, más que en ningún otro lugar, sabemos que nuestra belleza es efímera. Sin duda somos bellos y somos jóvenes durante un instante fugaz, quizás más jóvenes y más bellos que en ningún otro lugar, pero no nos preocupamos de ello, ocupados como estamos por lo más fundamental.
Vosotros allí, en esos países donde no nos dejáis entrar, cada vez vivís más años, pero esos años no los añadís a la vejez, sino que se alargan elásticos vuestros años de juventud; por eso, ¡milagro! tenéis jóvenes de cincuenta años, pero no os hacéis más sabios, ni amáis más vuestro entorno, ni a nosotros. Sólo cuando despreciéis la irresponsabilidad y la juventud, miraréis hacía aquí, miraréis nuestros jóvenes ojos arrugados y querréis vernos alegres. Entonces no nos dejaréis ser extranjeros y nos guardaréis bajo vuestras leyes, que alargaran nuestras humildes vidas hambrientas de vejez.
Fotografía: National Geographic

jueves, 19 de febrero de 2009

Adversión a lo malo conocido

Pies clavados en el suelo, inmóviles, enterrados. Puertas cerradas bajo siete candados, ventanas clausuradas, olor a encerrado. Cerebros secados como mojamas, ideas petrificadas conservadas en bellos mausoleos. Miedo al cambio, pánico a lo desconocido. Malditos refranes tejidos con saña para cortarnos las alas. Malditas máximas disparadas para cercenar las ganas de más, de más y mejor, de más y mejor ahora mismo. Pero no nos movemos lejos de lo malo conocido, no vaya a ser que no hagamos pie. Y se cronifican las injusticias y se nos enquistan nuestras lágrimas, nuestros dolores.
Siempre ha sido así, nos intentan consolar con dulces manzanas bien envenenadas. No hay, ni hubo otro camino, ellos ya lo intentaron. Sólo queda un modo correcto de hacer las cosas. Un único camino recto. Sentencian: mejor malo conocido que bueno por conocer y con una sola ráfaga de inocentes palabras asesinan todas las esperanzas, extinguen todas las posibilidades.
No te dejes engañar por el marketing de los normales, de los tuertos del planeta de los ciegos. Siempre es mejor malo por conocer: Ensayo, error, ensayo, error, voy creciendo. Derecho constitucional a la equivocación promulgo en la república independiente de mi magullada piel. Instinto salvaje de supervivencia, ingenuo anhelo de superación, vía libre hacia las utopías fabricadas con materiales de derribo y buenas intenciones en proceso de rehabilitación. Asilo garantizado a la inquietud. Queda reservado el derecho de conservación. El arte por el arte. El cambio por el amor al cambio, que en la variación está el gusto y en la acomodación en el susto. Ampliación constante del campo de batalla, persecución sin sentido de la línea del horizonte. Derecho de conquista. Veda abierta a la caza de nuevas ideas. Festejos, banquetes, bacanales, celebración constante de las pruebas erradas y los intentos fallidos.
Porque los que aún estamos vivos, no nos paramos a mirar a los pacientes que pacen en los paramos de lo malo conocido. Caminamos. Y en nuestro despropósito quizás alguna vez nos crucemos con lo bueno por conocer, nos han hablado tan bien de él.

martes, 17 de febrero de 2009

domingo, 15 de febrero de 2009

El hueco que abre tu sonrisa

Me colé por el hueco que abre tu sonrisa a las locas posibilidades, por el mismo hueco por donde asoma tu lengua. La misma lengua que siempre estás dispuesta a sacarle al mundo y a sus parcos habitantes. Por ese hueco entré en tu precioso universo, en los gestos pequeños de quien ha experimentado de cerca cual es el justo valor de un instante y de una vida entera. Me senté a tu mesa siempre llena de delicadeza e intenté apresar algo de tu paciencia, de tu extraño arte de caminar hacia delante y sin espera, de tu generosa entrega a cambio de unos peldaños de tu escalera. Y te ví jugar delante de los bares a no pisar las líneas que dibujan las baldosas en las calles. Y te ví jugar debajo de las sombras de la noche a olvidar las reglas que algún día trazaron para limitar nuestra caja de sorpresas.
Y una vez dentro pude ver que soy más pequeño, que no es tan cierto lo que digo, que mi discurso no es tan sincero, que la parte que gobierna mi cerebro no es tan grande. Así que me rindo y reconozco haber perdido nuevamente la partida. No sé porque diantre, la tuya, no es mi isla. No queda más remedio que dejar tu cálida bahía, izar velas, adentrarme en el vacío, persistir en mi naufragio. Porque si la razón mandase otro gallo nos cantaría.
Ilustración: Santilari

jueves, 5 de febrero de 2009

Me detengo un instante

Me detengo un instante a pensar en lo importante.
Me entretengo en el estudio del ser que habito,
sorprendido del ser el mismo organismo que ya no soy.
Sé que a la vuelta de cada esquina me acecha el vació,
que es imposible alterarme cuando se apodera de mi el nihilismo,
que por mi cuerpo de corcho no corre la sangre,
que no se me despierta el hambre.
Me entretengo un momento a estudiar en mi lo constante.
Me detengo a engrasar las clavijas de mi mecanismo,
me sorprendo al no hallar nada físico, sólo el cuento que me cuento.
Sé que mi voluntad efervescente se disuelve tan solo mojarse,
que cientos de vueltas doy siempre a lo mismo,
que no soy más que un relato vulnerable,
y sé de mi apetito dormido.
Y aún así sonrió,
sé que la sonrisa me parte la cara,
sé que me detengo a pensar en lo importante.
Sé que desecho los desastres,
que como aceite repelo la tragedia y el drama,
sé que por el medio del camino, siempre, me atropella la alegría .
Sé que sólo es un instante,
que en seguida se me despierta el hambre
y levanto mi torpe vuelo en búsqueda de cosas bellas.
Ilustración: Brian Despain