sábado, 3 de julio de 2010

Kalmita Berlinade

Berlín: Ciudad derruida, devastada, sin casco antiguo de postín y barrios modernos con edificios de apellido ilustre, donde, sin lugar a duda, son los edificios okupados, que encuentras en los huecos de los patios de manzana, rellenos de impulsiva creatividad, la primera atracción de la ciudad. En cualquier pared, un graffiti gritando; en cualquier espacio muerto y resucitado, un artista creando desde su soledad; en cualquier grieta, de espaldas al pensamiento único, sin sentido y sin norte, una fiesta, una cerveza…. cualquier otra cosa diferente o similar.

Berlín: Ciudad dónde nadie corre y los rostros no parecen abotargados por el estrés; donde sus ciudadanos visten como quieren, con prendas de segunda mano, que reinventan a sus nuevos propietarios, que se estiran cual lagartijas sobre el primer metro cuadrado de hierba que encuentran con el objetivo imposible de broncear sus carnes. Ciudadanos que juegan con sus hijos en los parques y te miran mal si no dejas de trabajar para mimarlos.

¿De dónde vienen? ¿por dónde han pasado? para haber aprendido que el dinero no es importante, que no sirve para nada un coche, que la moda debe permanecer cautiva en la revista, que sólo el tiempo es un tesoro, que lo importante está frente a uno, alrededor de uno, o como muy lejos, dentro de uno. Donde las obligaciones no mueven nada, y sólo una cerveza los arrastra.

miércoles, 30 de junio de 2010

domingo, 20 de junio de 2010

Sin más

Llegas y detienes el tiempo. Subrepticiamente, levantas diques para separarnos del devenir, y la vida se estanca. Flota en medio de tu deriva mi lecho, como una isla. Profundo océano de aguas calmas, de aguas cálidas, que se extiende bajo un intenso cielo azul, sin señales de un horizonte próximo, donde la costa ni se imagina.

En la bajamar mi cuerpo como seco arrecife te aguarda, como molusco hambriento te espera. Naufrago sediento aguarda tu retorno a su orilla. Hasta que, sin más, tus tropas desembarcan en mi playa, toman posiciones, borran antiguas huellas y mensajes escritos en la arena, refrescan mis pies, despiertan mis tentáculos, se filtran por las grietas de las rocas, sumergen mis defensas, remolinan mis cabellos.

Y en la pleamar soporto tus envites, tus olas me erosionan, tu espuma se seca sobre mi piel grabando tatuajes efímeros de significado encriptado.

Flujo y reflujo. Constante y continuo.

Y tras el temporal, tu calma. Tus aguas arrastran hasta mis costas los restos de tu propio naufragio. Y en mis antiguas arenas, languidecen tus horas. Sin más, sin hacer nada más.

jueves, 10 de junio de 2010

Voracidad

Nada sacia a la bestia. Su apetito es infinito y continuo. El hambre la tortura de tal modo que le impide cualquier recato. Debemos descartar que se imponga cualquier límite, debemos desdeñar que respete ni lo más sagrado. Devora a nuestras hijas, no hace ascos a nuestras ancianas. Las mandíbulas del monstruo no pueden ni por un segundo dejar de mascar, parar de triturar. Y si un día acaba con todos y cada uno de nosotros, no dudará en fagocitar a sus hijos. E incluso cuando ya no quede nada lo veremos consumirse asimismo, empezando por sus pies. Tal es su ansía.
Temed. Este monstruo es real y nos rodea. Ya nos devora, nos exprime, nos sustenta y nos absorbe. El sistema capitalista dirige nuestras vidas, mientras nos digiere. Su voracidad no tiene límite. ¿Qué puede satisfacer a los capitalistas que no pueden gastar sus fortunas ni en miles de años que vivieran? ¿Qué gula les domina para que aún saciados continúen sangrándonos y desgarrando el planeta?
Estos pocos hasta dónde llevaran el sufrimiento impuesto a tantos, un sacrificio que tan poca satisfacción les provoca. Ya han dejado a ¾ partes de la humanidad bajo el umbral de la pobreza, ya condenan a miles de niños recién nacidos al hambre en vida, ya extienden su sufrimiento cada día a más países, y atacan constantemente cualquier construcción del estado del bienestar hasta en Europa, sacrificando la salud de nuestros enfermos, las pensiones de nuestros viejos, la educación de nuestros hijos.
¿Hasta cuándo los muchos atemorizados, como en los cuentos, llevaran de motu propio a sus vírgenes maniatadas a la entrada de la guarida de la alimaña? ¿Cuál será el esfuerzo máximo que podrá sostener el vulgo antes de crujirse, transformarse y devolver el golpe a dentelladas?¿Quiénes son los sabios que recomiendan a nuestros débiles y míseros gobiernos que nos aprieten las tuercas? ¿Quiénes los eligen, los señalan y los proclaman sabios? ¿Quiénes y por qué les pagan para que den siempre los mismos consejos y apliquen la misma receta a base de aceite de ricino a todos los países desdichados? Y sobre todo ¿dónde viven, por dónde pasean, dónde juegan esas sierpes? ¿Cuáles son los nidos ponzoñosos que debemos quemar o hacer volar? Señalémoslos. Marquemos a las alimañas para que no se acerquen a nosotros, para que les teman nuestros niños y crezcan aprendiendo a tirarles piedras. Eduquemos la ira del pueblo para que, sensato, se enfrente a la hidra.

domingo, 30 de mayo de 2010

La importancia del relato

En este mundo de prisas, no se acostumbra a dedicar el tiempo necesario para saber quienes somos, es más rápido y más fácil escuchar que dicen que somos. En el mercado ese papel lo realizan las agencias de rating. Ellas dicen lo que valemos y otorgan o sesgan la confianza que depositan en nosotros los inversores. Estos años España había gozado de su cariño verdadero, ese que se compra con dinero. Y nos habíamos esforzado mucho por agradar a estas suegras despiadas. Entre otras cosas, no crecieron nuestros salarios mientras duraron las vacas gordas. Pero ahora empiezan a decir que no somos fiables, que no valemos nada. Y toda nuestra suerte está en manos de su relato, en lo que cuentan por allí, en los corrillos de los mercados.
Es triste que el PIB de una nación dependa de lo mismo que la honra de una doncella decimonónica, de los dimes y diretes de las alcahuetas que venden remedios y pócimas ponzoñosas en las esquinas más oscuras de los mercados. Decían que las agencias de raiting eran objetivas e imparciales, pero ¿quién puede hoy creer en su imparcialidad, cuando la crisis ha sido provocada por sus engaños en la valoración de empresas privadas y deudas públicas? ¿Quién puede hoy creer en los juicios del mercado, cuando cuatro operadores de fondos de inversión emborrachando su ego en una cena en Nueva York pueden decidir atacar una moneda o un país? Pero nadie consigue ponerle el cascabel al gato.
Y que nos queda para aguantar el envite y superar sus embustes, sus rumores y sus engaños. Ellos dicen bajo los balcones y en los portales que la economía española está al borde de la bancarrota, que si nuestro déficit público, que si nuestra balanza de pagos, que si nuestro endeudamiento familiar, que si nuestra estructura económica. Dicen que todo lo hacemos mal, que todos nos duele, que no nos podemos levantar. Y a nadie le importa que nuestros números sean mejores o igual de malos que algunos de los grandes. Tan buenos o tan malos como Gran Bretaña o Holanda.
Pues ante sus mentiras sólo queda nuestro relato. En este momento, dejémonos de cuentos, el enemigo está fuera, y hemos de defender la marca. Y la marca es España, más que nos pese a unos cuantos, pues todos dependemos de recuperar la triple A de nuestra deuda. Así que hay que estar a favor de la roja. Nuestros productos son los mejores. Nuestro sistema financiero el menos dañado. Nuestro gobierno el más acertado. Nuestros empresarios los más diestros, los más innovadores. Nuestros obreros los más entusiastas, los más abnegados. Nuestras playas las más hermosas. Que los trapos sucios ya los lavaremos en el vestuario, de puertas a dentro. Eso sí, si ven a un especulador financiero, denle, bien fuerte, mis recuerdos, que la española cuando besa, es que besa de verdad.

martes, 25 de mayo de 2010

No todo, tanto.

La mitad de los días que pasan son pares.
El 60% de los besos que vivo, no los recibo,
Casi todas las cosas que pasan a mi alrededor no las percibo.
Pero todos las lágrimas vertidas inundan los mares.

Eres tú, la única persona que declama cuanto vales
No todo. Embusteras son tus palabras, tus ojos, mentirosos,
temerarias son tus caricias, tus movimientos, maliciosos.
No sé por donde te me has metido, ni por donde te sales.

Me elegiste entre tales y cuales
Pero yo contigo no quiero nada, debo ser mal comerciante,
No tanto. Porque cada vez que te veo, lo dejo todo y te pongo delante.
No sé si son tu besos o tu poderes mentales

Cada vez que yo entro, tu sales.
Me repito que la perfección es enemigo de lo bueno.
Me resisto y no todas las veces que me tocas, sueno.
Y aún así cada vez que te veo se me pasan todos los males.

Me recuerdan, que ni la mitad de tu uva duerme en mis lagares,
que me llevas y me traes, desorientado, perdido y cautivo.
Me repiten que lo que haces conmigo no es de recibo,
y aún así por tus huesos voy de romería a los santos lugares.

Sé perfectamente que en mis bolsillos no vas a dejar dos reales,
Pero cuando me susurras tus ideas al oído, toda la piel se me eriza,
y ya no busco más que, en la cama, tus palizas.
Me pierdo entre tus labios, me olvido, y ni recuerdo mis ideales.

Así que no preguntes más por todos los bares,
quién es el último que me ha visto,
que todos me esconden, porque saben que no te resisto.
Que toda la felicidad que me regalas no se la merece el último de los mortales.
Fotografia: Raul Ubac

martes, 18 de mayo de 2010

El sudor de mi frente

Guárdeme el cielo de la dignidad que concede el duro trabajo, aléjenme todos y cada unos de los más suculentos infiernos de la gloria ganada a pulso, atadme fuertemente al palo mayor para poder soportar los cantos de sirena del reconocimiento profesional, alejadme de los premios y tribunas, permitidme caer ante la más humilde tentación, mantenedme separado de la responsabilidad profesional, de las palabras de reconocimiento, que no soy más que otro simple primate con un ego siempre hambriento que no sabe en que ocupar sutiempo. Guárdate tú de darme palmaditas en la espalda, que como cualquier macaco, muerdo.

Ahora que no encuentro una causa ética por la que perder la vida, ahora que perdí las ganas de haced la revolución, de poned bombas para cambiar esta birria de mundo mediocre que me toca habitar, ahora que mis atractivos ya no llaman la atención de todas las muchachas de la villa, ahora que no me puedo pasar las noches encendidas en medio del rock’n’roll, apartadme del trabajo. Dejadme aquí despistado, entretenido con mis juegos, buscándole las tripas a tus juguetes, para que con el sudor de mi frente sólo gane las cosas por las que vale la pena sudar: la sonrisa de los niños, la confianza de los viejos y las vocales quebradas de tu garganta.